COSAS de ARQUITECTOS

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Acerca de José Ramón Hernández Correa

Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso.
Puedes seguirme en mi cuenta de Twitter o en mi blog ¿Arquitectamos locos?.

La escalera

07/05/2019 Artículo escrito por José Ramón Hernández Correa 2 comentarios

Escalera marcos andamio

Lo de las escaleras en las obras pequeñas ha mejorado algo en todos estos años, pero, en general, sigue siendo un desastre. Esto, unido a que yo siempre he sido muy torpe hace que cuando voy a ver una obra los vecinos saquen las sillas y los refrescos y busquen los mejores sitios para verme. El espectáculo está asegurado.

Escaleras de mano siempre cortas, que cuando llegas arriba no tienes donde agarrarte y acabas echando mano al suelo o a lo primero que pillas. Pero cuando vas a bajar es aún peor. No hay forma de tirar el pie a ciegas para descubrir al tacto el primer travesaño y acabas de rodillas o cuerpo a tierra, lanzando la pierna al vacío y tanteando con ella hasta que toca y se posa. Y entonces las manos no tienen dónde ir… Ufff, qué miedo.

A veces, demasiadas veces, la improvisada escalera de mano era el costero de un andamio, demasiado corto y con los no-peldaños demasiado separados. Mejor dicho: eran dos costeros o marcos empalmados, con una holgura excesiva en su unión, y además contrapeados, uno con los palotes a la izquierda y el otro a la derecha. Un horror.

En la obra de una casa yo ya estaba harto de subir y bajar por ese peligroso e incómodo engendro. Me había subido ya bastantes veces a ver armaduras y demás, y por fin estaba la estructura terminada, pero la escalera seguía sin hacerse.

Le dije al albañil, por enésima vez, que se pusiera con la escalera. Era de zancas metálicas, muy fácil y rápida de ejecutar, y ya iba siendo hora de hacerla.

  • Sí, enseguida. Uno de estos días.
  • Me llevas diciendo eso desde que montasteis el primer forjado.
  • Sí, sí. Ya me pongo con ella.

(Queridos lectores: No me acribilléis con la seguridad. Bastante sufrí yo, que además de responsable era torpe y temía por mí más que por nadie. Era hace muchos años, eran las pequeñas obras en los pueblos. Eso era lo normal. Incluso el aparejador, bastante más mayor, más ágil y más experto que yo, lo veía normal y tampoco insistía en ello).

A la siguiente visita estaban ya los tabiques bastante avanzados, pero la escalera seguía sin hacerse.

  • ¿Pero no me dijiste que harías la escalera?
  • Sí… Ya… Bueno…
  • Deja de hacer tabiques y ponte a hacerla.
  • No te preocupes. Mañana o pasado nos liamos con ella. En cuanto acabemos los tabiques.
  • Que no. Que dejes los tabiques y hagas la escalera de una puñetera vez.
  • No. De verdad. Déjame que termine los tabiques.

Ese nuevo tono de voz, esa mirada suplicante no se los había visto nunca antes. No entendí.

  • ¿Pero por qué?
  • Es que en cuanto hagamos la escalera sube la suegra.

Publicado en: Arquitecto de batalla – Batallitas de arquitecto Etiquetado como: albañil, andamios, escalera, obras

Los Autores (y II)

20/12/2018 Artículo escrito por José Ramón Hernández Correa Deja un comentario

los autores

A la siguiente reunión fui con unos croquis grandes para enseñárselos a los ocho vecinos que dije. Los fijé con celo a las paredes de la sala y me dispuse a explicarlos.

Los asistentes no sabían leer los planos, pero tampoco les interesaban lo más mínimo, con lo que al fin y al cabo daba igual.

Yo les iba contando el programa y ellos tomaban nota mental del número de piezas que iba a tener el edificio, y preguntaban la superficie y el aforo de cada una. Cómo estaban dispuestas era algo que les traía sin cuidado.

Por ejemplo, querían una biblioteca con muuuuuchos libros, pero si para ir desde el auditorio a los aseos hubiera habido que atravesar por el centro de la sala de lectura les habría dado lo mismo. Y así todo.

De manera que, como yo iba cantando – como un niño de San Ildefonso – todas las dependencias que ellos querían, el anteproyecto les pareció muy bien.

El alcalde y el concejal de cultura estaban muy contentos porque pensaban que lo iban a poder pagar, así que la reunión, aparte de tener infinitas digresiones y retrocesos, fue como una seda.

Al final, cuando ya recogía los croquis, un vecino joven y muy serio levantó la mano y me dijo:

  • Pero no se olvide usted de la estética.

Me pilló despegando precisamente los celos de los alzados, dibujados en color y todo, y que este vecino era incapaz de ver, cosa que celebré, porque no se me ocurría cuáles podrían ser sus gustos estéticos, pero sospeché (no sé por qué) que no iban a ser compatibles con los de esos dibujos (que tampoco eran nada osados).

  • ¿La estética? Ah, no, claro. Por supuesto que no. La estética.

Tras esta reunión, que me pareció una mera excusa, la corporación me dejó hacer – por fin – el proyecto como mejor me pareció, con la única limitación del escaso dinero disponible (que es la limitación que más me gusta).

Solo hice el proyecto. La dirección de obra la llevaron los técnicos municipales, y tengo que decir que lo respetaron escrupulosamente, y que cuando tomaron alguna decisión que lo completaba o alguna otra que se desviaba ligeramente de él fue siempre por necesidad y siempre para mejorarlo. Así que quedé encantado con la obra. Tanto que fui gustoso a su inauguración.

Era un concierto de la banda municipal, pero antes fue el discurso del alcalde. La sala (quinientas butacas) estaba atestada de gente. Por un momento pensé que el edil, que me había visto y saludado antes, me iba a invitar a subir al escenario con él, pero no fue así. Y estaba claro que no podía ser así porque empezó diciendo:

  • Hoy inauguramos esta magnífica casa de la cultura que habéis diseñado todos vosotros…

El público asentía complaciente. Hasta el joven de la estética. Era admirable que sintieran esa obra como suya, pero yo me dije que si dentro de algunos meses hubiera algún problema de cualquier tipo, y solo en ese caso, entonces sí que yo sería el autor.

“Bueno – pensé -; para eso cobro”. Porque cobrar sí había cobrado, y no mal.

Mi compañero municipal, que estaba sentado muy cerca de mí, me miró. Nos sonreímos. Supongo que pensaba, como yo, que en ese momento todos se sentían autores, pero nosotros habíamos cobrado.

Publicado en: Hablando de Arquitectura Etiquetado como: auditorio, autores, estetica, municipal

Los Autores (I)

05/11/2018 Artículo escrito por José Ramón Hernández Correa 1 comentario

Los autores paco martinez soria

Una vez me encargaron el proyecto de la casa de la cultura de un pequeño pueblo de unos dos mil habitantes, pero que estaba creciendo bastante.

El alcalde estaba obsesionado con que el diseño de aquel edificio fuera participativo. Para ello nos convocó tal día a tal hora en el salón de plenos a todos los vecinos que quisieran asistir y a mí mismo para que me dijeran qué querían en su casa de la cultura y cómo lo querían.

Como no podía ser de otra manera, vinieron ocho personas. A estas cosas siempre vienen ocho personas, que son precisamente los vecinos más cansinos y más puñeteros del pueblo.

Me tuvieron unas dos horas para no decir nada en claro. Yo tomaba apuntes, pero al final ya me limitaba a hacer como que los tomaba. Tuve que ser yo, para rematar la reunión, quien les sugiriera que para la banda del pueblo podríamos hacer una pequeña aula-sala de ensayo y otra más grande de auditorio, y también podíamos hacer una biblioteca. Con el presupuesto disponible (estirándolo mucho) podría salir.

Entonces, naturalmente, me preguntaron que cómo era eso de un auditorio. Yo les dije que podría ser una especie de salón grande con un pequeño escenario y unas setenta butacas para el público.

En seguida saltó uno preguntándole al alcalde cuántas butacas tenía el del pueblo de al lado. El alcalde, triste, resignado, amargado, escupió que cuatrocientas cuarenta y siete. (Se veía que había recabado el dato a su colega vecino y que le escocía mucho).

  • ¡Pues nosotros quinientas!

Yo pegué un bote y les intenté decir que el pueblo de al lado era mucho más grande y que aun así estaba seguro de que no las cubrían nunca. Les dije que quinientas butacas aquí significaba acoger de golpe a un cuarto de la población, y eso me parecía excesivo.

Ya no hubo más que hablar. Este pueblo no iba a ser menos que el de al lado y necesitaba un auditorio de quinientas localidades.

El alcalde, picado, emocionado, con lágrimas en los ojos y mirando a sus ocho vecinos tan exaltados como pelmas les dijo:

  • Vamos a hacer un auditorio de quinientos asientos, y con escenario para la banda y también para funciones de teatro.

Yo de teatro no sabía mucho, pero me constaba que eso eran palabras mayores. A poca complejidad que tuviera la caja escénica…

  • ¡Un teatro para quinientos espectadores!

Quedamos en que haría unos croquis y un tanteo de presupuesto para la próxima reunión, que se fijó para dos semanas después.

Todo indicaba que estaban dispuestos a hacerme un encargo bastante mayor que el inicialmente previsto, pero también que no iban a ser capaces de pagarlo.

Me fui con la grata tarea de hacer unos croquis de un auditorio ya bastante serio, pero con una mala sensación que no se me iba a quitar tampoco dentro de dos semanas.

Publicado en: Arquitecto de batalla – Batallitas de arquitecto Etiquetado como: arquitecto, auditorio, autor

Botellines

25/10/2018 Artículo escrito por José Ramón Hernández Correa Deja un comentario

Botellines

Hace más de veinticinco años hicimos en el estudio un proyecto de seis naves industriales para alquilar. El promotor era un tratante de productos agrícolas. Nunca había construido nada, pero sabía que en su pueblo había mucha escasez de naves y una demanda creciente, y acertó de pleno. Todavía está cobrando alquileres de ellas y las tiene más que amortizadas.

El replanteo se hizo durante una insoportable mañana de julio. Yo supervisaba las escuadras (otro día os cuento lo de Pitágoras) y medía ejes de pilar a pilar, y los albañiles clavaban estacas de madera en los centros de los pilares y tiraban cuerdas.

No habíamos madrugado demasiado (craso error en el julio de la provincia de Toledo), y a eso de las once de la mañana ya no había quien parara en aquella solanera alejada del pueblo. Aún nos faltaban al menos un par de horas, y no sabíamos cómo íbamos a ser capaces de aguantarlo.

El promotor, que no se perdía detalle y no paraba de opinar y de mandar (sin tener la menor idea de esas cosas) vino a mí, me tendió un billete de mil pesetas y me dijo:

-Rámon, vete al kiosco de la plaza y tráete unos botellines.

(Ya sé que Rámon no llevaría tilde, pero lo escribo así para que se note más y se vea que no es que se me haya olvidado la de la o).

No controlamos la imagen que ofrecemos, pero os digo que yo debería cuidar mucho más la mía. A mi socio lo llamaba “Don Tomás” y a mí “Rámon”. Instintiva y espontáneamente había dado por hecho que el arquitecto era él y yo era una especie de becario o mozo suyo. Aunque nuestros nombres y firmas estaban en todos los documentos del proyecto, él no debía de haber reparado en ello.

Además, la prueba definitiva era que esa mañana, lleno de polvo y de calor, pataleando los terrones, estaba Rámon, mientras que Don Tomás la pasaba en el estudio, tan cómodo.

Así que Rámon se montó en su Peugeot 205 rojo y se fue al pueblo con las mil pesetas del amo a comprar botellines.

Algunos decís siempre que si el ego de los arquitectos, que si su prepotencia, que si su chulería. Yo os aseguro que fui feliz librándome del terraguero por unos minutos y yendo a por unos salvadores botellines de cerveza Mahou muy fríos.

Volví con ellos y le di las vueltas a mi cliente como no hacía tantos años se las daba a mi madre. Celebré que no me diera de propina una moneda de cinco pesetas que había quedado suelta.

Todos paramos unos minutos para bebernos una cerveza fría que nos supo a gloria.

Al final de la mañana, con todas las camillas ya puestas, quedé en que volvería a los dos días, a ver las zanjas y zapatas ya abiertas para inspeccionar el firme.

(Cuando volví, los albañiles me dijeron que la primera tarde el cliente había estado midiendo las distancias entre ejes a zancadas y cambiando las estacas a su gusto, y que era un desastre porque ahora no coincidía ninguna medida. Pero si queréis hablamos de eso otro día, que ahora no quiero que me veáis llorar).

Publicado en: Arquitecto de batalla – Batallitas de arquitecto Etiquetado como: arquitecto, botellines, cerveza, ego, promotor

El pasillo

09/10/2018 Artículo escrito por José Ramón Hernández Correa 1 comentario

el pasillo

He hecho muchos pasillos, pero este del que os voy a hablar hoy es muy especial.

Fue hace unos veinte años. Se trataba de diseñar una casa “corriente”, “como todas”, en el casco urbano de mi pueblo. El solar, entre medianeras, no era demasiado irregular, y el programa era el de siempre: Planta baja con cocina, aseo, cuarto de estar y salón “para enseñar”, y planta alta con tres dormitorios y un baño.

Como ocurre tantas veces, la mejor ubicación de la escalera en planta baja no lo era en planta alta, pero al final llegué a una especie de acuerdo entre ambas y no quedó mal.

El programa era sencillo y la resolución no tenía mérito alguno. La escalera desembarcaba arriba en un muy pequeño distribuidor al que abrían las cuatro puertas (tres dormitorios y un baño). Se perdía muy poco espacio y la zona más irregular del solar se la tragaba el baño. Bien. Bastante bien.

Le enseñé a mi cliente los croquis y se los expliqué.

  • – ¿Y dónde está el pasillo? –me preguntó.
  • – No. No hay pasillo.
  • – Pues tiene que haberlo.
  • – ¿Pero por qué? Pero si no hace falta.
  • – Tiene que haber pasillo.

Qué raros somos los arquitectos y qué raros son los clientes. Nosotros buscamos aprovechar los metros cuadrados construidos; ellos evocar episodios de una vida pasada como manera de proyectar el futuro.

De niño (y no tan niño) jugaba al fútbol con mi hermano en el pasillo de nuestra casa. Utilizábamos una pelota de tenis. Una vez colé el pie por la puerta hueca del baño. Menuda bronca. ¿Y este cliente? ¿Jugaba al fútbol con su hermano, como yo con el mío, en el pasillo de su casa natal y quería que esta nueva que se iba a construir también lo tuviera para sus hijos que aún no habían nacido? ¿Había sido el rey del triciclo por los pasillos de la casa de sus padres? Quién sabe. ¿O acaso era solo una cuestión funcional? Sí: funcional. Función no es solo hacer los recorridos tan cortos como se pueda. Función puede ser dar un rodeo para encontrar la puerta del dormitorio discretamente oculta y paciente en el pasillo en vez de descarada y grosera en pleno desembarque de la escalera. Función es muchas cosas. Que nos creemos muy listos los arquitectos, y solo pensamos en que un dormitorio de doce metros cuadrados se queda en nueve por una tontería. Tan tontería no será.

Y, ahora que lo pienso, no he vuelto a esa casa. Ya digo que han pasado unos veinte años. A lo mejor los hijos de mi cliente han tenido una infancia feliz jugando al hockey en el pasillo. A lo mejor incluso rompieron una puerta y se llevaron una bronca. Quién sabe.

Publicado en: Arquitecto de batalla – Batallitas de arquitecto Etiquetado como: arquitecto, cliente, espacio, pasillo

Los cuadritos (y II)

17/09/2018 Artículo escrito por José Ramón Hernández Correa Deja un comentario

Cuadritos planos clientes

Naturalmente, a la primera observación que haces, muy educadamente, al dibujo de cuadraditos, el cliente te dice que claro, que sí, que por supuesto, que él no sabe nada de esas cosas y que quien entiende eres tú. Pero ay de ti como se te ocurra cambiar algo.

Por supuesto que te dice que eso que te ha traído es solo un esquema de las habitaciones que necesita, y que a ti se te da mejor la distribución de todo eso, que para eso es tu oficio, y no solo te permite, sino que te anima a que cambies lo que consideres oportuno.

Pero el salón tiene que ir ahí, con dos ventanas, una aquí y otra aquí, y la cocina va al otro lado del pasillo, y luego dormitorio, baño, etc, todo en dos filas, una a cada lado del pasillo.

Es como si Einstein te trajera en un papelito la fórmula E=mc2 y te dijera: “Yo de esto no sé; cambia lo que a ti te parezca”. Lo mismo. (Es decir: Ni se te ocurra cambiar una coma. Bueno, un cuadrito).

Jamás cambiéis nada de un dibujito a mano alzada sobre un papel cuadriculado. Pasadlo directamente a escala, poned los grosores de muros y tabiques (ahí tendréis vuestro primer problema) y pensad dónde colocar algún pilar. Con eso ya vais servidos.

Lo que dice el cliente de que tú sabes más que él y espera ver tu aptitud se refiere a que espera que metas más jeribeques y chorradas que las que a él se le ocurren, que para eso has estudiado. Esto lo espera más en alzado que en planta. Él no te va a dibujar un arco carpanel, ni unas rejas de forja. Para eso es para lo que estás tú.

Le dices que un muro de carga de ladrillo más un aislante térmico tiene un espesor superior a esa línea que ha dibujado él, y que por tanto el salón va a ser algo más pequeño. Te dirá que no, que el salón tiene que tener seis por cinco metros cuadrados útiles y eso es irrenunciable, que lo resuelvas tú, y que se fía mucho de ti. Pero tampoco se los quites a ninguna otra habitación.

(Por supuesto, su croquis se pasa de edificabilidad, o de las medidas de la parcela, pero eso es problema tuyo).

Antes el problema era tan solo lo que ya he dicho hasta aquí. Ahora a eso se le añade otro: No puedes modificar nada del croquis del cliente porque os lo ha presentado a cuatro arquitectos para que le deis presupuesto, y tenéis que presupuestar todos sobre el mismo diseño para que él pueda comparar.

Y si finalmente ganas el concurso y te encarga el proyecto por unos honorarios irrisorios te pedirá después que no le hagas croquis, sino tresdés – ¡por el ridículo precio que le has pasado! – porque él los planos no los entiende.

Publicado en: Arquitecto de batalla – Batallitas de arquitecto Etiquetado como: arquitecto, cliente, oficio, planos

Los cuadritos (I)

06/09/2018 Artículo escrito por José Ramón Hernández Correa 6 comentarios

Los-cuadritos-planos-clientes

No se me ocurre mejor modo de inaugurar esta sección de anécdotas e historias de un arquitecto de batalla que haciendo un homenaje a los clientes que vienen con el proyecto ya hecho en un papel cuadriculado: Un clásico.

Aparecen en el estudio y se sacan una hoja de papel de cuaderno escolar en la que han dibujado siempre lo mismo: Una planta rectangular (que en los casos más evolucionados tiene por aquí y por allá un par de salientes semioctogonales) a la que se entra por uno de los lados cortos. Un pasillo por el centro, perpendicular al lado corto de la entrada, recorre todo el rectángulo. A la derecha del pasillo habitación, habitación, habitación. Y a la izquierda habitación, habitación, habitación.

Aparte de esta planta baja suelen llevar o un sótano o una buhardilla (o ambos). En todo caso, una excusa para colocar una escalera imposible. Como en la doble ristra de habitaciones no han previsto sitio para ella escalera, la suelen poner al fondo del pasillo, que tampoco sabían cómo rematar. La escalera, obviamente, da la vuelta en un regate imposible que volvería loco a Euclides.

Cada cuadrito es medio metro y los cerramientos de fachada y los tabiques carecen de grosor. Tampoco hay pilares ni nada parecido.

Los clientes ponen el papelito encima de la mesa y te lo explican lacónicamente:

“Este es el salón. Quiero que tenga dos ventanas: una aquí y otra aquí. Esta es la cocina. Este es el baño. Este es el dormitorio. Otro dormitorio. Y otro dormitorio. Todos con armario empotrado. Y el salón con dos ventanas”.

Te dan ganas de decir dos cosas. La primera es: “Tiene usted un cero, y no se esfuerce en volver en septiembre porque tampoco le veo yo para aprobar”. Y la segunda es: “Pues nada. Ya está. Ahora mismo lo escaneo y lo mando a visar”.

Pero no dices ninguna de las dos. Te quedas pasmado –y por más de veinte veces que te lo hagan te volverás a quedar pasmado-, miras a tu cliente y te da como una sensación muy rara de entre ternura y hay-que-joderse al imaginártelo sudando, contando cuadritos y desesperándose porque eso es muy difícil y no le sale. Cuánto habrá tenido que trabajar el pobre, te dices, para hacer esta patochada.

Y no te entra en la cabeza que te vaya a pagar pero que no te permita que diseñes su casa. Te va a pagar porque le exigen que te contrate, pero eso no te da ningún derecho a meter tus sucias manos en su futuro hogar.

Publicado en: Arquitecto de batalla – Batallitas de arquitecto Etiquetado como: arquitecto, cliente, cuadritos, planos

Pasión y fuga de Frank lloyd Wright

08/06/2015 Artículo escrito por José Ramón Hernández Correa 2 comentarios

casa de la cascada frank lloyd wrightHoy, ocho de junio, se cumplen ciento cuarenta y ocho años (o tal vez sólo ciento cuarenta y seis) del nacimiento de Frank Lloyd Wright. Para conmemorar esta fecha copio un fragmento de mi novela La Hoja Desnuda.

En Oak Park el domingo siete de noviembre del año mil novecientos nueve no fue como los demás: apacibles, con los matrimonios paseando del brazo camino del Templo Unitario, tras los niños juguetones, cruzándose con los vecinos y saludándose obsequiosos y despreocupados. No. Aquel domingo fue como si hubiera amanecido turbiamente antes de amanecer, como si un rumor sordo se hubiera adelantado a las primeras señales de vida, a las cafeteras humeantes y a las rebanadas de pan en el horno; como si antes de salir el primer feligrés camino de la iglesia ya hubiera habido un ejército preparando el ambiente de conmoción.

Aquel domingo, al primer turbio amanecer, la camioneta del Chicago Tribune llegó a Oak Park con sus periódicos, como siempre, y allí estaban los repartidores para tomar su carga y distribuirla, como siempre. Pero ese día era distinto. Ese día, siete de noviembre de mil novecientos nueve, ante el umbral de piedra de cada puerta, o en el camino de losas, o sobre el tapiz de césped (según la puntería del repartidor), el periódico, ceñido en su faja de papel, esperaba la explosión exhibiendo en su portada un gran titular:

Frank Lloyd Wright y Mrs. Cheney se han fugado

El famoso arquitecto se escapa de casa con la esposa de un cliente

F. Ll. Wright Architect

Catherine y Edwin lo sabían desde hacía veinte días, al siguiente de la fuga, pero no se lo habían dicho a nadie. Frank y Mamah habían planeado cuidadosamente la huida. Ella se había ido con los niños a Colorado, a descansar una temporada con su hermana, y él pasó un día ajetreado en Chicago, vendiendo parte de su colección de grabados japoneses para pagarse el viaje y corriendo al estudio de Hermann von Holst, un arquitecto amigo suyo de los primeros tiempos del Schiller, a pedirle que acudiera a Oak Park para encargarse de su trabajo por una temporada.

Von Holst no estaba tan familiarizado con la obra actual de Wright como para terminar sus proyectos empezados y hacerse cargo de la dirección de las obras, pero éste le remitió a sus jefes de estudio: Marion Mahoney, la primera arquitecta de Illinois, y Walter Burley Griffin, su marido, que habían empezado como aprendices de Wright en los primeros tiempos de Oak Park. A ellos Wright no les había dicho nada por si se les escapaba algo ante Catherine y, sobre todo, porque sabía que no iban a aprobar su fuga. Así que von Holst aparecería en el estudio por sorpresa y les pondría al corriente. En fin; ya se arreglarían.

Aquel día Frank no volvió a casa. Desde Chicago viajó a Nueva York, donde se reuniría con Mamah, que habría dejado a sus hijos en Colorado mintiéndole a su hermana. En Nueva York iban a tomar el barco para Europa.

Catherine echó de menos a Frank por la noche, pero pensó que se habría quedado en la oficina de Chicago a terminar algo. No podía sospechar que hubiera hablado tan en serio. No era raro que se quedara a trabajar de noche y se le olvidara avisar.

Por la mañana, Catherine bajó al estudio por si Marion y Walt sabían algo. Allí estaban, desorientados, hablando con un visitante cuya cara le sonaba, y a quien con esfuerzo consiguió recordar como el alemán de hacía tanto tiempo. Hermann la saludó cordialmente, y le dijo con naturalidad que Frank le había pedido que se encargara de todo hasta que él volviera de Berlín.

A Catherine le subió la sangre a la cara de pura indignación, de desamparo, de incredulidad, pero no dejó traslucir nada. Sólo dijo: “Muy bien. Seguid trabajando”. Dio media vuelta y subió a casa. Arriba, en su cuarto, ya sin testigos, rompió a llorar.

frank lloyd wright arquitecto

Se aferró a una última, improbable, esperanza. Sí; Frank se había ido, pero no con esa mujer. Se había alejado una temporada para descansar, para organizarse. Claro que sí; eso tenía que ser. Pero no con esa; pero no con esa; pero no con esa. Corrió a casa de Edwin Cheney. “No; no está. Ya ha salido a trabajar”, le dijeron. “¿Y su esposa?”, preguntó con temor. “Está fuera –y le dio un vuelco el corazón–. Pero el señor está hoy aquí, en Oak Park”. Fue a su oficina, y preguntó por él.

  • Buenos días, señora Wright. ¿A qué debo el placer?
  • Edwin; tengo que hablar con usted. A solas.
  • Señorita Fisher, por favor… Bien; usted dirá.
  • Necesito saber dónde está su esposa.
  • ¿Eh? ¿Para qué…? Está en Colorado, pasando unos días con su hermana. Se ha ido allí con los niños –añadió, para alejar él también la sospecha.
  • ¡Oh; Dios!
  • ¿Qué pasa?
  • Mi marido se ha ido.
  • ¿Insinúa usted…?
  • Sí.

La señorita Fisher llamó a la puerta.

  • Ahora no, por favor. Estoy ocupado.
  • Perdone, señor Cheney. Han traído un telegrama para usted. De Colorado. Lo remite su esposa.
  • ¡Traiga!

Edwin abrió el telegrama ahí mismo, delante de Catherine, y lo leyó en voz alta:

MARCHO NUEVA YORK REUNIRME WRIGHT STOP

VAMOS BERLÍN HOTEL ADLON STOP

NIÑOS QUEDAN CON MI HERMANA STOP

NO ME SIGAS STOP NO INTENTES QUE VUELVA STOP

PERDÓNAME STOP

MAMAH.

Sobre el autor, José Ramón Hernández Correa: Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso. Puedes seguirme en mi cuenta de Twitter, en Google+, o consultar mi blog, Arquitectamos Locos?.

Publicado en: Crónica en rosa de la arquitectura Etiquetado como: amor, Frank Lloyd Wright

Hogares, dulce hogares

20/02/2015 Artículo escrito por José Ramón Hernández Correa Deja un comentario

Kahn-arquitecto-my-architect-hogares-dulces-hogares

Louis Isadore Kahn tenía tres mujeres, y un hijo con cada una de ellas.

Estaba casado con Esther, con quien tenía una hija: Sue Ann. Su esposa se quejaba del enorme éxito de Louis, que le obligaba a viajar constantemente, y que le impedía estar más de tres días seguidos en casa. Aunque, todo hay que decirlo, en esos tres días era el mejor de los esposos y de los padres. Siempre era adorable, siempre paciente, siempre de buen humor. Era increíble que, aunque estaba hundido en graves problemas económicos y en agobiantes asuntos profesionales y técnicos, siempre estuviera dispuesto a jugar con Sue Ann y en amar tiernamente a Esther.

Anne tenía menos suerte. Con ella apenas llegaba a los dos días seguidos, y muy de vez en cuando. Tenían a Alexandra. Anne era arquitecta, y colaboraba con Louis. Se enamoraron irremisiblemente. Ella sabía que él estaba casado y que no iba a dejar a su esposa. Es más: Sabía que la esposa ni siquiera se iba a enterar, y estuvo de acuerdo. Estuvieron trabajando juntos y enamorados durante veintinueve años.

Con Harriet tampoco pasaba más de dos días seguidos. Eran padres de Nathaniel, un niño muy guapo. Louis siempre decía que era increíble que siendo él tan feo hubiera tenido un hijo tan bello, y que todo se debía a la fascinante hermosura de Harriet, una arquitecta paisajista con quien colaboró y de quien también se enamoró sin dejar ni a Esther ni a Anne. Louis no rompió nunca con ninguna de ellas. Pasaba de una a otra con toda naturalidad. Las quería a las tres.

Nathaniel y Louis tenían un cuaderno en el que dibujaban barcos locos. Con los años Nathaniel filmó una película documental muy bella, My Architect, en la que puede verse ese cuaderno. La película estuvo nominada a los Oscar. En ella se reúnen (creo que por primera vez) los tres hermanos.

Kahn había nacido tal día como hoy, el 20 de febrero de 1901, y murió setenta y tres años y veinticinco días después, solo e indocumentado, en la Penn Station de Nueva York. Le llevaron al depósito y durante tres días estuvo allí abandonado sin que nadie supiera de él. Al fin y al cabo se pasaba la vida desapareciendo y sin dar señales.

Finalmente, en el funeral, se conocieron las tres mujeres. (Como decía aquel, qué momentazo).

Nota: Esta historia se evoca con más extensión en el libro Necrotectónicas, de Ediciones Asimétricas.

Sobre el autor, José Ramón Hernández Correa: Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso. Puedes seguirme en mi cuenta de Twitter, en Google+, o consultar mi blog, Arquitectamos Locos?.

Publicado en: Crónica en rosa de la arquitectura Etiquetado como: Louis I. Kahn, necrotectonicas

Le Corbusier: Mucha cara

27/08/2014 Artículo escrito por José Ramón Hernández Correa 11 comentarios

Le corbusier piscina arquitecto

Hoy, 27 de agosto, se cumplen cuarenta y nueve años de la muerte de Le Corbusier. Estaba de vacaciones en Cap Martin, en la Costa Azul francesa, su paraíso infernal (o su infierno paradisíaco). Por la mañana, después de desayunarse, se metió en el mar a nadar y murió de un ataque cardíaco, con setenta y siete años, diez meses y veintiún días de edad. (Hago la puntual y dolorosa crónica en mi libro Necrotectónicas).

Pero qué hacía allí pasando sus vacaciones es algo que tiene tela.

En 1924 Eileen Gray diseñó una extraordinaria casa para ser construida en Cap Martin frente al mar, y en la que vivir su idilio con el crítico Jean Badovici, amigo de Le Corbusier.

La casa se construyó entre 1926 y 1929. La llamaron E 1027, un nombre que se las trae, y que parece escasamente romántico, pero lo es, porque entrelaza los nombres de los dos amantes: E de Eileen; 10 es el ordinal de la letra J (de Jean) en el abecedario; 2 de B (Badovici), y 7 de G (Gray).

La casa era magnífica. La pareja invitó allí a menudo a su amigo Le Corbusier, paleto como nadie, que se quedó fascinado con la casa, pero sobre todo con su autora. El machista patán lo flipaba ante esa mujer libre, artista, emprendedora, elegante, inteligente, culta… No sigo. Soñaba con dominarla, someterla. Todo esto formaba un torbellino en su cabeza y un insulto y un desprecio permanente a su esposa, que no podía ni compararse a Eileen. En fin: una fantasía rara, sádica y cruel.

Le Corbusier se ofreció a pintar unos murales en la casa, a lo que Gray se negó rotundamente. El infame esperó a que el amor entre Eileen y Jean se acabara y a que ambos, desilusionados, abandonaran la casa, y entonces la tomó al asalto, pintando unos murales eróticos y fotografiándose desnudo mientras los pintaba. ¿Qué quiere decir esto? ¡Que llamen a un loquero! (Publicó los murales y parte de la casa en su Œuvre Complète y creó el malentendido, que no desmintió, de que él era el autor de E 1027).

Muchos años después convenció a una amiga suya para que la comprara. (¿Por qué no la compró él?). Y así la tuvo para su placer cada vez que la quería.

No obstante, se construyó unos metros más arriba (sí, más arriba; siempre la dominación) una pequeña cabaña sobre el terreno que le “pidió prestado” al dueño de un restaurante, al que no sólo se adosó, sino a cuyo comedor abrió una puerta directa para pasar libremente.

De este modo, la romántica cabaña, mínima, austerísima, tenía pegado un restaurante, y unos metros más abajo un casoplón al que bajaba Corbu cada dos por tres. Así vivo yo también en una minicabaña, ¿no te digo? Y en una tienda de campaña. ¡Y para colmo dice Corbu que la cabañita la hizo como regalo para su esposa! ¡Qué morro!

El caso es que la mañana de su muerte bajó a desayunar a E 1027, como todos los días, y tal vez a exonerar el vientre, como todos los días. (Decía con orgullo que en la cabaña tenía la taza del retrete pegada a la cama, y que eso era muy higiénico, muy maquinista y muy moderno; pero yo sostengo que no llegó a estrenar esa taza jamás, y que usaba las del restaurante y las de la casa de Gray). Una vez satisfecho bajó al mar a dar unas brazadas.

Y allí cayó el caradura. (Perdón, quise decir “la criatura”. Maldito corrector).

Sobre el autor, José Ramón Hernández Correa: Nací en 1960. Arquitecto por la ETSAM, 1985. Doctor Arquitecto por la Universidad Politécnica, 1992. Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Ahora estoy algo cansado, pero sigo atento y curioso. Puedes seguirme en mi cuenta de Twitter, en Google+, o consultar mi blog, Arquitectamos Locos?.

Publicado en: Crónica en rosa de la arquitectura Etiquetado como: Le Corbusier, muerte, necrotectonicas

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