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Villa Steiner – Adolf Loos y el comienzo de la Arquitectura Racionalista

06/05/2014 Artículo escrito por Tomás Fernández 2 comentarios

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Aprovechando nuestra sección Obras Maestras de la Arquitectura vamos a viajar 100 años atrás, dentro del ambiente intelectual y cultural de Viena, ciudad que vivía los últimos retazos de un torbellino cultural marcado por figuras como Gustav Mahler el compositor más importante del postromanticismo; Gustav Klimt desarrollando una pintura cargada de erotismo, fuertemente simbolista y ornamentada; los arquitectos Otto Wagner o Joseph Maria Olbrich representantes del llamado movimiento modernista vienes o Jugendstil.

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Pabellón de la Secesión Vienesa del Arquitecto Joseph Maria Olbrich (1897)

En este marco cultural aparece la figura del Arquitecto austriaco Adolf Loos, autor de durísimos artículos de opinión en los que polemizó con las figuras modernistas anteriores de la Secesión vienesa. En 1908 publica “Ornamento y Delito” en el que cuestiona duramente los excesos decorativos de la arquitectura coetánea, impropios del hombre moderno que habría de marcar la sociedad.

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Considerado por tanto como uno de los precursores del racionalismo arquitectónico, defendiendo una Arquitectura libre de todo ornamento, rompiendo con cualquier tipo de influencia historicista. Según Adolf Loos la Arquitectura es la madre de todas las Artes aplicadas y sólo ha de ser considerada en los Monumentos Conmemorativos y Cementerios. El resto de las tipologías arquitectónicas habrán de ser funcionales eliminando cualquier ornamento de las mismas.

Adolf Loos introduce un nuevo concepto en sus obras, el “Raumplan”. Un concepto según el cual se adjudica una importancia diferente a cada una de las estancias, a cada uno de los espacios que conforman la edificación. Un dormitorio no ha de tener la misma importancia que una sala de estar; dependiendo de la importancia y cualidad representativa de los diferentes espacios, su tamaño y altura habría de variar en consonancia. A lo largo de un eje imaginario, las diferentes estancias van rodeándolo como si trazasen una espiral, convirtiendo la sala de estar en un inmenso y espectacular espacio en el que se desarrollaran las actividades sociales, por el contrario los dormitorios pertenecen a la parte privada de la vivienda y no necesitan de los techos altos.

RAUMPLAN – ADOLF LOOS

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Casa Steiner diseñada según el modelo del Raumplan de Adolf Loos

La villa Steiner diseñada por Loos para la pintora Lilly Steiner, situada en una zona residencial de Viena. En esta vivienda, el Arquitecto va a desarrollar todo un manifiesto de sus teorías arquitectónicas. La envolvente exterior es dura hasta el exceso, libre de cualquier tipo de ornamentación y donde destaca la metálica cubierta curva en su frente de acceso.

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La casa Steiner se convierte en lo que sería el mayor ejemplo hasta el momento de Arquitectura Moderna, una referencia obligada para los Arquitectos de los años 20 y 30 del siglo XX y que consolidó la figura de Loos como un Arquitecto audaz y moderno más allá de la comunidad vienesa.

Como explicábamos anteriormente esta casa refleja todos y cada uno de los conceptos que habrían de marcar lo que sería la Arquitectura según Adolf Loos. El exterior desnudo, conformado por muros lisos sin ningún tipo de adornos y rechazando muros de vidrio exhibicionistas del interior que ha de ser íntimo y privado.

Las dos alzados principales de la casa, acceso y posterior al jardín, son ejemplos de un radical racionalismo, blancos, puros y claramente simétricos, que rápidamente son asimilados dentro del purismo formal que marcará la década de los años 20. Una Arquitectura basada en el rigor formal de la propuesta funcional.

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El interior de la villa Steiner conlleva los conceptos descritos por Loos en su Raumplan, distribuyendo las diferentes estancias girando en espiral en torno a su eje central. Los espacios en los que se desarrolla una actividad social mayor poseen una superficie y altura de techos superior a las estancias contiguas de dimensiones menores. Los diferentes ambientes se van encajando conformando una economía espacial, en las que cada ambiente ha de tener las dimensiones justas para satisfacer su específica función. Un preciso ensamblaje de volúmenes que refleja la estricta racionalidad espacial que quería desarrollar Adolf Loos.

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Como anécdota y dentro de la historia de este importantísimo ejemplo de la Arquitectura del siglo XX, habría que decir que la casa sufrió una transformación en la que perdió su carácter racionalista mediante la eliminación de la cubierta curva en su fachada de acceso y la incorporación de una espantosa cubierta inclinada de teja. Incluso con la incorporación de un enorme grabado en su fachada lateral. Posteriormente ha sufrido una renovación en la que se ha intentado recuperar el aspecto original y que ahora nos podemos encontrar nuevamente el el número 10 de St. Veit-Gasse de la ciudad de Viena.

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Debemos considerar el atrevimiento de los planteamientos de Adolf Loos en el marco cultural de comienzos del siglo XX y como estos han marcado la evolución de la Arquitectura Moderna. Deseo que este artículo acerque un poquito más la figura de este Gran Maestro de la Arquitectura Moderna a quienes no lo conocieran y esperamos las aportaciones en los comentarios de este post, de todos aquellos que puedan ampliar más información sobre este gran Arquitecto, así como su teoría y obra.

Datos Generales:
Obra: Villa Steiner
Arquitecto: Adolf Loos
Situación: St. Veit-Gasse 10 St , Vienna , Austria.
Año: 1910
 

Publicado en: Obras maestras de la Arquitectura Etiquetado como: arquitecto, arquitectos, arquitectura, casa, loos, proyecto, racionalismo, unifamiliar, vivienda

Ornamento y Delito, Adolf Loos. (1908) – Un escrito en pro de la actuación social de la Arquitectura

24/03/2014 Artículo escrito por Tomás Fernández Deja un comentario

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El presente artículo quiere ser un pequeño homenaje a modo de recordatorio de uno de los textos que han resultado imprescindibles para la realidad de la evolución de la arquitectura en el siglo XX. La capacidad de un hombre de exaltar a una sociedad con unas pequeñas líneas, de defender la moralidad y la sensatez, de hablar de la revolución social de la Arquitectura. En el año 1908 se publica “Ornamento y Delito” escrito por el genio austríaco Adolf Loos.

Hoy más de 100 años después parece que nos hemos olvidado de ello, Loos nos habla sobre el daño que produce a una sociedad el ornamento y los detalles de «falsos lujos» en la Arquitectura, tan del gusto de muchos de los que han estado y están en el poder. El delito de despilfarrar los medios productivos en contra de la economía del pueblo.

Por eso me gustaría refrescar este artículo, porque una sociedad que olvida está condenada a cometer otra vez los mismos errores y si, por casualidad, sirviera para que alguien más arriba escuche y aprenda de lecciones pasadas, me sentiré algo más feliz. Sin más rollos os dejo con esta gran reflexión:

Oramento y Delito (1908) – Adolf Loos

El embrión humano pasa, en el claustro materno, por todas las fases evolutivas del reino animal. Cuando nace un ser humano, sus impresiones sensoriales son iguales a las de un perro recién nacido. Su infancia pasa por todas las transformaciones que corresponden a aquellas por las que pasó la historia del género humano. A los dos años, lo ve todo como si fuera un papúa. A los cuatro, como un germano. A los seis, como Sócrates y a los ocho como Voltaire. Cuando tiene ocho años percibe el violeta, color que fue descubierto en el Siglo XVIII, pues antes el violeta era azul y el púrpura era rojo. El físico señala que hay otros colores, en el espectro solar, que ya tienen nombres, pero el comprenderlo se reserva al hombre del futuro.

El niño es amoral. El papúa también lo es para nosotros. El papúa despedaza a sus enemigos y los devora. No es un delincuente, pero cuando el hombre moderno despedaza y devora a alguien entonces es un delincuente o un degenerado. El papúa se hace tatuajes en la piel, en el bote que emplea, en los remos, en fin, en todo lo que tiene a su alcance. No es un delincuente. El hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado. Hay cárceles donde un 80% de los detenidos presentan tatuajes. Los tatuados que no están detenidos son criminales latentes o aristócratas degenerados. Si un tatuado muere en libertad, esto quiere decir unos años antes de cometer un asesinato.

El impulso de ornamentarse el rostro y cuanto se halle al alcance es el primer origen de las artes plásticas. Es el primer balbuceo de la pintura. Todo arte es erótico.

El primer ornamento que surgió, la cruz, es de origen erótico. La primera obra de arte, la primera actividad artística que el artista pintarrajeó en la pared fue para despojarse de sus excesos. Una raya horizontal: la mujer yacente. Una raya vertical: el hombre que la penetra. El que creó esta imagen sintió el mismo impulso que Beethoven, estuvo en el mismo cielo en el que Beethoven creó la Novena Sinfonía.

Pero el hombre de nuestro tiempo que, a causa de un impulso interior pintarrajea las paredes con símbolos eróticos, es un delincuente o un degenerado. Obvio es decir que en los retretes es donde este impulso invade, del modo más impetuoso, a las personas con tales manifestaciones de degeneración. Se puede medir el grado de civilización de un país atendiendo a la cantidad de garabatos que aparezcan en las paredes de sus retretes.

En el niño, garabatear es un fenómeno natural; su primera manifestación artística es llenar las paredes con símbolos eróticos. Pero lo que es natural en el papúa y en el niño, resulta en el hombre moderno un fenómeno de degeneración. Descubrí lo siguiente y lo comuniqué al mundo: La evolución cultural equivale a la eliminación del ornamento del objeto usual. Creí con ello proporcionar a la humanidad algo nuevo con lo que alegrarse, pero la humanidad no me lo ha agradecido. Se pusieron tristes y su ánimo decayó. Lo que les preocupaba era saber que no se podía producir un ornamento nuevo. ¿Cómo, lo que cada negro sabe, lo que todos los pueblos y épocas anteriores a nosotros han sabido, no sería posible para nosotros, hombres del siglo XIX? Lo que el género humano había creado miles de años atrás sin ornamentos fue despreciado y se destruyó.

No poseemos bancos de carpintería de la época carolingia, pero el menor objeto carente de valor que estuviera ornamentado se conservó, se limpió cuidadosamente y se edificaron pomposos palacios para albergarlo. Los hombres pasean entristecidos ante las vitrinas, avergonzándose de su actual impotencia. Cada época tiene su estilo, ¿carecerá la nuestra de uno que le sea propio? Con estilo, se quería significar ornamento. Por tanto, dije: ¡No lloréis! Lo que constituye la grandeza de nuestra época es que es incapaz de realizar un ornamento nuevo. Hemos vencido al ornamento. Nos hemos dominado hasta el punto de que ya no hay ornamentos. Ved, está cercano el tiempo, la meta nos espera. Dentro de poco las calles de las ciudades brillarán como muros blancos. Como Sion, la ciudad santa, la capital del cielo. Entonces lo habremos conseguido.

Pero existen los malos espíritus incapaces de tolerarlo. A su juicio, la humanidad debería seguir jadeando en la esclavitud del ornamento. Los hombres estaban lo bastante adelantados como para que el ornamento no les deleitara, como para que un rostro tatuado no aumentara la sensación estética, cual en los papúas, sino que la disminuyera. Lo bastante adelantados como para alegrarse por una pitillera no ornamentada y comprarse aquella, pudiendo, por el mismo precio, conseguir otra con adornos. Eran felices con sus vestidos y estaban contentos de no tener que ir de feria en feria como los monos llevando pantalones de terciopelo con tiras doradas. Y dije: Fijaros: la habitación en la que murió Goethe es más fantástica que toda pompa renacentista y un mueble liso es más bonito que todas las piezas de museo incrustadas y esculpidas. El lenguaje de Goethe es mucho más bonito que todos los ornamentos de los pastores de Pegnitz.

Los malos espíritus lo oyeron con desagrado, y el Estado, cuya misión es retrasar a los pueblos en su evolución cultural, consideró como suya la cuestión de la evolución y reanudación del ornamento. ¡Pobre del estado cuyas revoluciones las dirijan los consejeros! Pronto pudo verse en el Museo de Artes decorativas de Viena un bufet con el nombre La rica pesca, hubo armarios que se llamaron La princesa encantada o algo por el estilo, cosa que se refería a los ornamentos con que estaban decorados esos desgraciados muebles. El estado austriaco se tomó tan en serio su trabajo que se preocupó de que las polainas de paño no desapareciesen de las fronteras de la monarquía austro-húngara. Obligó a todo hombre culto que tuviera veinte años a llevar durante tres años polainas en lugar de calzado eficiente. Ya que todo Estado parte de la suposición de que un pueblo que esté en baja forma es más fácil de gobernar.

Bien, la epidemia ornamental está reconocida estatalmente y se subvenciona con dinero del Estado. Sin embargo, veo en ello un retroceso. No puedo admitir la objeción de que el ornamento aumenta la alegría de vivir de un hombre culto, no puedo admitir tampoco la que se disfraza con estas palabras: “Pero ¡cuando el ornamento es bonito!…” A mí y a todos los hombres cultos, el ornamento no nos aumenta la alegría de vivir. Si quiero comer un trozo de alajú escojo uno que sea completamente liso y no uno que esté recargado de ornamentos, que represente un corazón, un niño en mantillas o un jinete. El hombre del siglo XV no me entendería; pero sí podrían hacerlo todos los hombres modernos. El defensor del ornamento cree que mi impulso hacia la sencillez equivale a una mortificación. mi estimado señor profesor de la Escuela de Artes Decorativas, no me mortifico! Lo prefiero así. Los platos de siglos pasados, que presentan ornamentos con objeto de hacer aparecer más apetitosos los pavos, faisanes y langostas a mi me producen el efecto contrario. Voy con repugnancia a una exposición de arte culinario, sobre todo si pienso que tendría que comer estos cadáveres de animales rellenos. Como roast-beef.

El enorme daño y las devastaciones que ocasiona el re-despertar del ornamento en la evolución estética, podrían olvidarse con facilidad, ya que nadie, ni siquiera ninguna fuerza estatal puede detener la evolución de la humanidad. Sólo es posible retrasarla. Podemos esperar. Pero es un delito respecto a la economía del pueblo el que, a través de ello, se pierda el trabajo, el dinero y el material humanos. El tiempo no puede compensar estos daños.

El ritmo de la evolución cultural sufre a causa de los rezagados. Yo quizá vivo en 1908; mi vecino, sin embargo, hacia 1900; y el de más allá, en 1880. Es una desgracia para un Estado el que la cultura de sus habitantes abarque un período de tiempo tan amplio. El campesino de regiones apartadas vive en el siglo XII. Y en la procesión de la fiesta de jubileo tomaron parte gentes, que ya en la época de las grandes migraciones de los pueblos se hubieran encontrado retrasadas., Feliz el país que no tenga este tipo de rezagados y merodeadores. ¡Feliz América! Entre nosotros mismos hay en las ciudades hombres que no son nada modernos, rezagados del sido XVIII que se horrorizan ante un cuadro con sombras violetas, porque aún no saben ver el violeta. Les gusta el faisán si el cocinero se ha pasado todo un día para prepararlo y la pitillera con ornamentos renacentistas les gusta mucho más que la lisa. ¿Y qué pasa en el campo? Los vestidos y aderezos son de siglos anteriores. El campesino no es cristiano, todavía es pagano. Los rezagados retrasan la evolución cultural de los pueblos y de la humanidad, ya que el ornamento no está engendrado sólo por delincuentes, sino que comete un delito en tanto que perjudica enormemente a los hombres atentando a la salud, al patriotismo nacional y por eso a la evolución cultural. Cuando dos hombres viven cerca y tienen unas mismas exigencias, las mismas pretensiones y los mismos ingresos, pero no obstante pertenecen a distintas civilizaciones, se puede observar lo siguiente, desde el punto de vista económico de un pueblo: el hombre del siglo xx será cada vez más rico, el del siglo XVIII cada vez más pobre. Supongamos que los dos viven según sus inclinaciones. El hombre del siglo XX puede cubrir sus exigencias con un capital mucho más pequeño y por ello puede ahorrar. La verdura que le gusta está simplemente hervida en agua y condimentada con mantequilla. Al otro hombre le gusta más cuando se le añade miel y nueces y cuando sabe que otra persona ha pasado horas para cocinarla. Los platos ornamentados son muy caros, mientras que la vajilla blanca que le gusta al hombre es barata. Este ahorra mientras que el otro se endeuda. Así ocurre con naciones enteras. ¡Pobre del pueblo que se quede rezagado en la evolución cultural! Los ingleses serán cada vez más ricos y nosotros cada vez más pobres…

Sin embargo, es mucho mayor el daño que padece el pueblo productor a causa del ornamento, ya que el ornamento no es un producto natural de nuestra civilización, es decir, que representa un retroceso o una degeneración; el trabajo del ornamentista ya no se paga como es debido.

Es conocida la situación en los oficios de talla y adorno, los sueldos criminalmente bajos que se pagan a las bordadoras y encajeras. El ornamentista ha de trabajar veinte horas para lograr los mismos ingresos de un obrero moderno que trabaje ocho horas. El ornamento encarece, por regla general, el objeto; sin embargo, se da la paradoja de que una pieza ornamentada con igual coste material que el de un objeto liso, y que necesita el triple de horas de trabajo para su realización, cuando se vende, se paga por el ornamentado la mitad que por el otro. La carencia de ornamento tiene como consecuencia una reducción de las horas de trabajo y un aumento de suela El tallista chino trabaja dieciséis horas, el americano sólo ocho. Si por una caja lisa se paga lo mismo que por otra ornamentada, la diferencia, en cuanto a horas de trabajo, beneficia al obrero. Si no hubiera ningún tipo de ornamento -situación que a lo mejor se dará dentro de miles de años- el hombre, en vez de tener que trabajar ocho horas, podría trabajar sólo cuatro, ya que la mitad del trabajo se va, aun hoy en día, en realizar ornamentos.

Ornamento es fuerza de trabajo desperdiciada y, por ello, salud desperdiciada. Así fue siempre. Hoy significa, además, material desperdiciado, y ambas cosas significan capital desperdiciado. Como el ornamento ya no pertenece a nuestra civilización desde el punto de vista orgánico, tampoco es ya expresión de ella. El ornamento que se crea en el presente ya no tiene ninguna relación con nosotros ni con nada humano; es decir, no tiene relación alguna con la actual ordenación del mundo. No es capaz de evolucionar. ¿Qué ha sucedido con la ornamentación de Otto Eckmann, con la de Van de Velde? Siempre estuvo el artista sano y vigoroso en las cumbres de la humanidad. El ornamentista moderno es un retrasado o una aparición patológica. Reniega de sus productos una vez transcurridos tres años. Las personas cultas los consideran insoportables de inmediato; los otros, sólo se dan cuento de esto al cabo de años. ¿Dónde se hallan hoy las obras de Otto Eckmann? ¿Dónde estarán las obras de Olbrich dentro de diez años? El ornamento moderno no tiene padres ni descendientes, no tiene pasado ni futuro. Sólo es saludado con alegría por personas incultas, para quienes la grandeza de nuestra época es un libro con siete sellos, y, al cabo de un tiempo, reniegan de él. En la actualidad, la humanidad es más sana que antes; sólo están enfermos unos pocos. Estos pocos, sin embargo, tiranizan al obrero, que está tan sano que no puede inventar ornamento alguno. Le obligan a realizar, en diversos materiales, los ornamentos inventados por ellos.

El cambio del ornamento trae como consecuencia una pronta desvaloración del producto del trabajo. El tiempo del trabajador, el material empleado, son capitales que se derrochan. He enunciado la siguiente idea: La forma de un objeto debe ser tolerable el tiempo que dure físicamente. Trataré de explicarlo: Un traje cambiará muchas m ves su forma que una valiosa piel. El traje de baile creado para una sola noche, cambiará de forma mucho más deprisa que un escritorio. Qué malo sería, sin embargo, si tuviera que cambiarse el escritorio tan rápidamente como un traje de baile por el hecho de que a alguien le pareciera su forma insoportable; entonces se perdería el dinero gastado en ese escritorio.

Esto lo sabe bien el ornamentista y los ornamentistas austriacos intentan resolver este problema. Dicen: “Preferimos al consumidor que tiene un mobiliario que, pasados diez años le resulta inaguantable y que, por ello, se ve obligado a adquirir muebles nuevos cada década, al que se compra objetos sólo cuando ha de sustituir los gastados. La industria lo requiere. Millones de hombres tienen trabajo gracias al cambio rápido”. Parece que éste es el misterio de la economía nacional austriaca; cuantas veces, al producirse un incendio, se oyen las palabras: “¡Gracias a Dios, ahora la gente ya tendrá algo que hacer!” Propongo un buen sistema: Se incendia una ciudad, se incendia un imperio, y entonces todo nada en bienestar y en la abundancia. Que se fabriquen muebles que, al cabo de tres años, puedan quemarse; que se hagan guarniciones que puedan ser fundidas al cabo de cuatro años, ya que en las subastas no se logra ni la décima parte de lo que costó la mano de obra y el material, y así nos haremos ricos y más ricos.

La pérdida no sólo afecta a los consumidores, sino, sobre todo, a los productores. Hoy en día, el ornamento, en aquellas cosas que gracias a la evolución pueden privarse de él, significa fuerza de trabajo desperdiciada y material profanado. Si todos los objetos pudieran durar tanto desde el ángulo estético como desde el físico, el consumidor podría pagar un precio que posibilitara que el trabajador ganara más dinero y tuviera que trabajar menos. Por un objeto del cual esté seguro que voy a utilizar y obtener el máximo rendimiento pago con gusto cuatro veces más que por otro que tenga menos valor a causa de su forma o material. Por mis botas pago gustoso 40 coronas, a pesar de que en otra tienda encontraría botas por 10 coronas. Pero, en aquellos oficios que languidecen bajo la tiranía de los ornamentistas, no se valora el trabajo bueno o malo. El trabajo sufre a causa de que nadie está dispuesto a pagar su verdadero valor.

Y esto no deja de estar bien así, ya que tales objetos ornamentados sólo resultan tolerables en su ejecución más mísera.

Puedo soportar un incendio más fácilmente si oigo decir que han quemado cosas sin valor. Puedo alegrarme de las absurdas y ridículas decoraciones montadas con motivo del baile de disfraces de los artistas, porque sé que lo han montado en pocos días y que lo derribarán en un momento. Pero tirar monedas de oro en vez de guijarros, encender un cigarrillo con un billete de banco, pulverizar y beberse una perla es algo antiestético.

Verdaderamente los objetos ornamentados producen un efecto antiestético, sobre todo cuando se realizaron en el mejor material y con el máximo cuidado, requiriendo mucho más tiempo de trabajo. Yo no puedo dejar de exigir ante todo trabajo de calidad, pero desde luego no para cosas de este tipo.

El hombre moderno, que considera sagrado el ornamento, como signo de superioridad artística de las épocas pasadas, reconocerá de inmediato, en los ornamentos modernos, lo torturado, lo penoso y lo enfermizo de los mismos. Alguien que viva en nuestro nivel cultural no puede crear ningún ornamento.

Ocurre de distinta manera con los hombres y pueblos que no han alcanzado este grado.

Predico para el aristócrata. Me refiero al hombre que se halla en la cima de la humanidad y que, sin embargo, comprende pro- fundamente los ruegos y exigencias del inferior. Comprende muy 1 bien al cafre, que entreteje ornamentos en la tela según un ritmo determinado, que sólo se descubre al deshacerla; al persa que anuda sus alfombras; a la campesina eslovaca que borda su encaje; a la anciana señora que realiza objetos maravillosos en cuentas de cristal y seda. El aristócrata les deja hacer, sabe que, para ellos, las horas de trabajo son sagradas.

El revolucionario diría: “Todo esto carece de sentido”. Lo mismo que apartaría a una ancianita de la vecindad de una imagen sagrada y le diría: “No hay Dios”. Sin embargo, el ateo -entre los aristócratas- al pasar por delante de una iglesia se quita el sombrero. Mis zapatos están llenos de ornamentos por todas partes, constituidos por pintas y agujeros, trabajo que ha ejecutado el zapatero y no le ha sido pagado. Voy al zapatero y le digo: “Usted pide por un par de zapatos 30 coronas. Yo le pagaré 40”. Con esto he elevado el estado anímico de este hombre, cosa que me agradecerá con trabajo y material, que, en cuanto a calidad, no están en modo alguno relacionados con la sobreabundancia. Es feliz. Raras veces llega la felicidad a su casa. Ante él hay un hombre que le entiende, que aprecia su trabajo y no duda de su honradez. En sueños ya ve los zapatos terminados delante suyo. Sabe dónde puede encontrar la mejor piel, sabe a qué trabajador debe confiar los zapatos y éstos tendrán tantas pintas y agujeros como los que sólo aparecen en los zapatos más elegantes. Entonces le digo: “pero impongo una condición. Los zapatos tienen que ser enteramente lisos”. Ahora es cuando le he lanzado desde las alturas más espirituales al Tártaro. Tendrá menos trabajo, pero le he arrebatado toda la alegría. Predico para los aristócratas. Soporto los ornamentos en mi propio cuerpo si éstos constituyen la felicidad de mi prójimo. En este caso también llegan a ser, para mí, motivo de contento. Soporto los ornamentos del cafre, del persa, de la campesina eslovaca, los de mi zapatero, ya que todos ellos no tienen otro medio para alcanzar el punto culminante de su existencia. Tenemos el arte que ha borrado el ornamento. Después del trabajo del día vamos al encuentro de Beethoven o de Tristán. Esto no lo puede hacer mi zapatero. No puedo arrebatarle su alegría, ya que no tengo nada que ofrecerle a cambio. El que, en cambio, va a escuchar la Novena Sinfonía y luego se sienta a dibujar una muestra de tapete es un hipócrita o un degenerado.

La carencia de ornamento ha conducido a las demás artes a una altura imprevista. Las sinfonías de Beethoven no hubieran sido escritas nunca por el hombre que fuera vestido de seda, terciopelos y encajes. El que hoy en día lleva una americana de terciopelo no es un artista, sino un payaso o un pintor de brocha gorda. Nos hemos vuelto más refinados, más sutiles. Los gregarios se tenían que diferenciar por colores distintos, el hombre moderno necesita su vestido impersonal como máscara. Su individualidad es tan monstruosamente vigorosa que ya no la puede expresar en prendas de vestir. La falta de ornamentos es un signo de fuerza espiritual. El hombre moderno utiliza los ornamentos de civilizaciones anteriores y extrañas a su antojo. Su propia invención la concentra en otros objetos.

ORNAMENTO Y DELITO

Adolf Loos 1908 De la edición en castellano: “Ornamento y delito y otros escritos”. Gustavo Gili.- Barcelona 1972.

 

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Logotipos de arquitectos famosos

09/11/2012 Artículo escrito por Luis Sánchez Blasco 7 comentarios

Logotipos de arquitectos famosos

Hace unas semanas nos enviaron por twitter esta curiosa imagen, los logotipos de varios arquitectos famosos en función de sus obras.

¿Qué te parecen?

Personalmente me parecen muchos de ellos bastante acertados, destacando el de Rietveld, Le Corbusier o Frank Gehry.

¿Y tú? ¿Qué logotipo de arquitecto tienes?

Fuente: The All Nighter

Publicado en: Humor y Arquitectura Etiquetado como: ando, arquitectos, calatrava, Frank Gehry, Frank Lloyd Wright, graves, gropius, hadid, herzog, holl, johnson, koolhaas, libeskind, logotipos, loos, Louis I. Kahn, obras, rietveld, rogers, sejima, toyo ito, venturi, zumthor

El arquitecto es un albañil que ha estudiado latín – Loos

18/10/2011 Artículo escrito por Luis Sánchez Blasco Deja un comentario

Adolf Loos
«El arquitecto es un albañil que ha estudiado latín»
Adolf Loos

Publicado en: Frases de Arquitectos Etiquetado como: arquitecto, loos

La casa tiene que servir a la comodidad

15/01/2011 Artículo escrito por Luis Sánchez Blasco Deja un comentario

Adolf Loos
 
«La casa tiene que servir a la comodidad. La obra de arte es revolucionaria; La casa conservadora»
Adolf Loos

Publicado en: Frases de Arquitectos Etiquetado como: arte, casa, comodidad, loos

Sólo una parte de la arquitectura pertenece al arte

21/06/2010 Artículo escrito por Luis Sánchez Blasco 5 comentarios

 
Adolf Loos
 
«Sólo hay una pequeña parte de la arquitectura que pertenezca al arte: el monumento funerario y el monumento conmemorativo. Todo lo demás, lo que sirve para un fin, debe quedar excluido del reino del arte»

Adolf Loos

Publicado en: Frases de Arquitectos Etiquetado como: loos, utilidad

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