Introducción
Al observar las distintas propuestas urbanas (desesperadamente obedientes, de repente) que insisten con reconciliar a la Ciudad de Buenos Aires con el Río de la Plata, resulta fascinante que en el fondo todas compartan una misma obsesión: un profundo respeto, a la vez que una desaforada nostalgia (¿acaso la profesión esté condenada a la nostalgia, a obsesionarse por lo que alguna vez hubo, más que por lo que hay en realidad?).
Por el contrario, esta hipótesis opta por imaginar otro tipo de escenario: considerando el hecho de que hoy la ciudad apenas tiene relación con su río, o en todo caso es un tipo de relación que no inspira suficiente orgullo, se plantea un escenario ficticio donde aquella laboriosa e inagotable cuestión de la relación con el agua se declara, de una vez y para siempre, irrecuperable.

Río
Dado que su relación con la ciudad se declara definitivamente “irrecuperable”, ha dejado de lado su condición inabarcable y mística, pasando a ser quien legitime la explosión arquitectónica llevada a cabo en cada isla, es decir, en sus nuevas y múltiples orillas, puesto que dejaría de haber una única orilla…
De esta modo, el río se reduciría, prácticamente, a una anécdota, pues contrario a insistir en su grandilocuencia, en su aura, y lejos de pretenderlo sagrado e intocable, el Río de la Plata reencarnaría en una especie de tierno y dulce arroyito…
La ciudad avanzaría sobre el agua despiadadamente, anulando las manías tradicionales de la profesión por “recuperar”, “reconstruir”, “restituir” para reemplazarlas por su opuesto: buscar encanto en el vicio.

Islas
Incontables toneladas de tierra, a modo de nuevas porciones de ciudad, montadas impúdicamente sobre el agua, y separadas cada cierta distancia, se presentan como base para hacer y para rehacer, para acertar y para equivocarse, para imitar lo conocido o bien encarnar lo inédito.
Las islas podrían ser, de alguna manera, un espejo; referencias a la ciudad actual: una extraña mezcla de ternura y desconcierto… de sensibilidad y de (sospechosas) buenas intenciones. Allí podrían encontrar alojamiento aquellos edificios y programas que simplemente no “entran” en el tejido actual. Alguna isla podría ser un auténtico “faro”, incluso, donde se construya bajo una visión ideal… peatonal… y sustentable… e inteligente… y, sobre todo, verde… un verdadero ejemplo del buen urbanismo.

Prejuicio
En la misma Ciudad de Buenos Aires es posible detectar fragmentos excepcionales de ciudad que, en un punto dado, se interrumpen; Excepciones a la manzana ubicua que domina el territorio en su mayoría; un conjunto de usos no del todo deseados, de repente… y hasta por ahí un tanto torpes por sus complejas geometrías…; usos cuyo acomodamiento en la trama probablemente sería preferible postergar… alejar… Pero a pesar de todo, sin duda internamente portan una riqueza y complejidad únicas.
Lejos de fantasear con un equilibrio tipológico basado en un plan armonioso, siempre hábil para censurar aquellos usos del suelo que a simple vista carecen de prestigio intelectual, aquí se opta por incorporarlo todo, pues no hay preferencia, sino indiferencia; no hay control, sino precisamente descontrol, aunque exhibido de tal forma que eventualmente pueda surgir de allí una ilusión de compatibilidad, de la cual se enriquezca el conjunto.

Éxito
El éxito de todo esto (supongo) dependerá en gran medida de cuanto mayor sea la diferencia entre cada isla. Dado que el principal propósito de estas islas no sería otro que el de alentar el conflicto de ideologías, tal vez sea de este modo que las fuerzas de la ciudad, liberadas definitivamente, puedan despertar otro tipo de fantasía… no tanto acerca de una visión global armoniosa y ordenada, más bien acerca de la confrontación, de la imposibilidad de llegar a un acuerdo, en definitiva.

Conclusión (temprana)
Este argumento es en el fondo una tímida inquietud: si en lo lamentable, incluso en lo inmoral, puede hallarse una posibilidad de belleza y deseo. En una segunda lectura se podría distinguir un rol acaso no tan novedoso para la arquitectura…: indagar en la zona de lo pecaminoso.
Y es que el ejercicio de tratar al Río de la Plata como un lugar más, como un lote, de repente, sonaba tentador para imaginar una serie de fantasías urbanas desligadas de lo que podría llamarse, por ahí, “humanismo”… finalmente arribando a una zona de interés que algunos llamarán, sin dudas, “distopía”.
Acaso la realidad ya sea una distopía.
¡Larga vida al Río de la Plata!
Sobre el Autor: Jerónimo Cassaglia
Arquitecto Jerónimo Cassaglia (07/05/98) – Buenos Aires, Argentina. Estudió en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (FADU UBA). Intenta creer en la intersección entre la construcción de las cosas y las palabras.





