Cuando pensamos en grandes ciudades como París, Roma, Barcelona o Los Ángeles, inevitablemente nos vienen a la mente imágenes icónicas: no solo monumentos como la Torre Eiffel o el cartel de Hollywood, sino también sensaciones experienciales asociadas a cada lugar. Estas pueden ser vivencias personales, imaginadas o cuidadosamente curadas a través de lo audiovisual.
Las ciudades ya no son únicamente centros urbanos; se han convertido en marcas vivas que, durante décadas, han intentado proyectar una imagen específica al mundo. Esta imagen ha sido moldeada no solo por su arquitectura, sino también por su estilo de vida, su cultura y los relatos que se construyen en torno a ellas. Ya sea en las postales o en series como Sexo en Nueva York (Sex and the City) y Emily in Paris, se nos han mostrado ciudades idealizadas, espejismos urbanos donde la experiencia real y la representada difieren considerablemente. Esto genera en el espectador un sueño, una idealización, un deseo de vivir o simplemente visitar esos lugares. Las llamadas Influencer Cities—ciudades percibidas como innovadoras, inclusivas y vibrantes— tienen un impacto global, y su imagen se utiliza como un producto de consumo.
La Imagen de las Ciudades es un producto más de consumo en el Mercado

Sin embargo, en los últimos años hemos presenciado cómo las ciudades han comenzado a perder el control sobre su narrativa. Plataformas como TikTok han permitido demostrar otras realidades urbanas. Hoy, cualquier persona puede decidir qué mostrar de una ciudad, y esto ha cambiado radicalmente la percepción global de muchas de ellas.
La presencia digital de las ciudades, desatendida en comparación con otros medios audiovisuales, se ha transformado en un foro de diálogo donde tanto habitantes como turistas negocian, casi inconscientemente, una nueva identidad urbana contemporánea.
Los paisajes emocionales de las ciudades ya no pasan por filtros estéticos convencionales de limpieza y curaduría. Se construyen de forma más democrática, a través de experiencias reales consumidas desde una pantalla. Ejemplos como Los Ángeles y la crisis de personas sin hogar o Santorini y sus calles saturadas de turistas, muestran cómo los algoritmos destacan espacios urbanos desatendidos, revelando otras formas de vivir la ciudad.
El contenido digital ha cambiado drásticamente las reglas. El material curado tradicional está desapareciendo rápidamente, volviéndose obsoleto para las nuevas generaciones de consumidores. Un contenido más real, menos filtrado y espontáneo se ha convertido en la norma, permeando todas las plataformas. Las ciudades están experimentando esta nueva realidad: por primera vez, sus propios habitantes y visitantes tienen el poder de transformar, amplificar o redefinir los conceptos urbanos que se nos han vendido durante tanto tiempo. Y, sobre todo, de mostrarnos cuánta realidad hay detrás de esos discursos y cómo funciona realmente el urbanismo de estas urbes.
Robert Venturi dijo:
“La imagen de la ciudad no es solo lo que vemos, sino lo que sentimos al verla.”
Un paseo por el Sena o unas cañas en una terraza madrileña construyen una imagen mental de la ciudad. El urbanismo y su habitabilidad permiten que las actividades cotidianas se graben en nuestra memoria.
¿Y Por qué es esto un cambio de paradigma?
Antiguamente, las ciudades se dirigían principalmente a sus propios habitantes. La construcción de monumentos, plazas, parques o calles mayores buscaba otorgarles una sensación de pertenencia. Estos espacios urbanos actuaban como depósitos de memoria, espacios de vital importancia en las ciudades, conectando a las personas con su pasado, reforzando su identidad local y fomentando el apego y la conservación. Kevin Lynch, en su obra La imagen de la ciudad, fue pionero en estudiar cómo los seres humanos crean mapas mentales del entorno urbano a través de estos elementos como configurando así su orientación urbana y vínculo emocional con las ciudades.
Sin embargo, la imagen digital de las ciudades es mucho más compleja y difícil de controlar que la tradicional audiovisual o impresa. Lo que ocurre en las redes sociales —multicanales por naturaleza— es que la imagen urbana ya no se construye desde una sola experiencia, sino desde una multiplicidad de vivencias. Todas estas experiencias, capturadas desde un teléfono móvil, nos revelan las culturas locales.
El urbanismo se convierte en una lengua que intenta explicar la idea de comunidad en un espacio determinado.

En este nuevo paradigma, las ciudades ya no son únicamente diseñadas por urbanistas, arquitectos o autoridades locales, sino también por millones de usuarios que, desde sus dispositivos móviles, construyen y difunden narrativas fragmentadas, emocionales y profundamente personales. Esta democratización de la imagen urbana plantea desafíos, pero también oportunidades:
¿Cómo pueden las ciudades recuperar el control de su relato sin censurar la autenticidad?
¿Cómo se puede integrar esta multiplicidad de voces en la planificación urbana?

La ciudad contemporánea no solo se define solo por sus calles, plazas o monumentos, sino por las historias que se cuentan sobre ella a través del tiempo. Y en ese sentido, quizás el verdadero reto no sea controlar la narrativa, como se ha hecho en el pasado, sino aprender a convivir con su constante transformación, desarrollando un urbanismo mucho más líquido que pueda ser modificado y transgredido por sus propios agentes urbanos (habitantes, turistas, etc.) buscando así la representación de las historias, recuerdos y preocupaciones contemporáneas de quienes experimentan dicha urbe. Aceptando que estas nuevas plataformas de contenido, también se conviertan en estos depósitos de memorias para los individuos que habitan las ciudades.
Porque al final, volviendo a las palabras de Venturi, la imagen de la ciudad es también lo que sentimos al verla, ya que percepción urbana está cargada de significados personales y colectivos. Y hoy más que nunca, ese sentimiento está en manos de todos.




