Los apartamentos han sido reducidos a su mínima expresión en los últimos años. El salón se ha convertido en oficina, la mesa de comedor en escritorio y, normalmente, el balcón desaparece como si fuera un lujo prescindible. En las ciudades contemporáneas, la vivienda parece haber sido diseñada bajo una lógica de eficiencia extrema: menos metros, menos espacios intermedios, menos margen para descansar, reunirse, cuidar, y ahora incluso trabajar.
Esta reducción del espacio doméstico no es solamente un problema arquitectónico. Es una transformación profunda de la vida cotidiana. Cuando el hogar se contrae, también se contraen las posibilidades de intimidad, de ocio, de sociabilidad y de descanso.
Cuando la vivienda ya no alcanza para contener la vida, ¿hacia dónde se expande?
Durante años, la respuesta ante la reducción de la vivienda ha sido mirar hacia el interior: camas abatibles, mesas extensibles, cocinas compactas, y toda una cultura del diseño orientada a hacer que pocos metros parezcan suficientes. Pero esta respuesta, aunque útil, es limitada.
La contracción del hogar no puede resolverse únicamente con muebles plegables

La vivienda mínima puede ser eficiente, pero no necesariamente digna si está aislada de una ciudad generosa. Un apartamento pequeño puede funcionar si a pocos minutos existen bibliotecas, plazas, parques, bancos, en definitiva, espacios donde encontrarse sin consumir. Porque si el hogar se reduce, y la ciudad se vuelve inaccesible, entonces la vida queda atrapada entre la estrechez física y la económica.
La ciudad tiene que convertirse en la habitación que falta
Actualmente, el espacio comunitario, la ciudad, debería ganar responsabilidad. Los parques, las aceras amplias y las plazas de barrio pueden funcionar como habitaciones urbanas. Nunca sustituyendo al hogar, pero ampliando sus posibilidades, para permitir la expansión de la vida cotidiana. Permitiendo leer, conversar, cuidar, descansar, jugar o simplemente permanecer.
Normalmente, la discusión sobre vivienda termina en la puerta del edificio. Pero debería continuar en la calle, en la sombra del árbol y en todos esos espacios que permiten que la experiencia urbana sea de una mayor calidad.
Henri Lefebvre en 1968 definió el derecho a la ciudad como una demanda colectiva para acceder y transformar la vida urbana. En un momento en el que el mercado reduce el espacio privado, la ciudad debería responder expandiendo el espacio común.
El problema no es solo tener dónde ir, sino poder quedarse

Muchas ciudades contemporáneas parecen ofrecer espacios para estar, pero no necesariamente para permanecer. La ciudad contemporánea permite circular, comprar y producir, pero cada vez permite menos estar. No todo espacio urbano debe tener una función rentable, o una programación constante. La ciudad necesita espacios no programados. Necesitamos empezar a medir la ciudad de otra manera. No solo por flujos de circulación o número de visitantes, sino por permanencia, diversidad de usuarios, accesibilidad, confort climático, posibilidad de encuentro y calidad de vida.
Una ciudad no es mejor porque se atraviesa más rápido, sino porque permite vivir mejor.
Copenhague suele citarse como ejemplo de ciudad donde la calidad urbana no depende solo de la densidad o de la eficiencia del tráfico, sino de la capacidad de invitar a quedarse. La peatonalización de calles, y el diseño de espacios aescala humana demuestran que una ciudad puede cambiar y comenzar a observar cómo camina, descansa y se encuentra la gente que la habita.

El arquitecto Danes, Jan Gehl resumió esta idea con una claridad pedagógica: primero la vida, luego los espacios y después los edificios. Es decir, la arquitectura y el urbanismo no deberían empezar por la forma, sino por la experiencia. Si la ciudad quiere ser extensión del hogar, debe diseñarse para personas que se cansan, que necesitan sombra, que cuidan niños, que envejecen, y que se encuentran sin planearlo. Esos “terceros lugares”, que tienen tanta importancia, son esos espacios que no son la casa ni el trabajo, pero donde se construye comunidad.
Por eso, el debate sobre el espacio público no puede limitarse a cuántos metros cuadrados de parque tiene una ciudad. Debe preguntarse por la calidad de esos espacios, por su accesibilidad, por su mantenimiento, por su distribución territorial y, sobre todo, por las condiciones de permanencia que ofrecen. ¿Hay sombra? ¿Hay lugares para estar solo y lugares para estar acompañado?
En Seúl, la recuperación del arroyo Cheonggyecheon, demuestra que reclamar más ciudad puede implicar desmontar infraestructuras que parecían intocables. Allí donde antes había una autopista, apareció un corredor público con agua, vegetación y recorridos peatonales. El espacio público no siempre falta: muchas veces está capturado por usos monofuncionales.

La reducción de la vivienda exige una visión urbana más generosa: una ciudad entendida como una red de espacios compartidos, próximos y bien cuidados. Porque si los apartamentos son cada vez más pequeños, los espacios comunes deben asumir un papel mucho mayor en la defensa de la calidad de vida.
Quizás el gran reto urbano de nuestro tiempo no sea únicamente construir más vivienda, sino también, el de construir una ciudad capaz de completar lo que esa vivienda ya no puede ofrecer. Una ciudad que acompañe la vida cotidiana, que permita descansar sin consumir, encontrarse sin obligación y permanecer sin sospecha. Para ello, debe aceptar usos lentos, improductivos y profundamente humanos: sentarse, esperar o simplemente mirar pasar el tiempo.
Tal vez esa sea la medida más urgente de la ciudad contemporánea: no cuánto construye, cuánto atrae o cuánto produce, sino cuánto espacio deja para que la vida ocurra.

D.C.’s 11th Street Bridge Park ©
Concurso Puerta del Sol, Madrid © Linazaroso & Sánchez Architecture